Ser de pueblo, católico y gay
Y YA DIJE!

Ser de pueblo, católico y gay…

Desde pequeños ya somos presionados para ser alguien en la vida; para cumplir nuestro papel de género y para, encima, ser felices.

«En la vida siempre hay que andar con la verdad» dice Javier Díaz, padre de Eder, en el primer episodio de esta maravillosa idea llamada: De pueblo, católico y gay. Pero, en veces, hablar las verdades puede llegar a herir o decepcionar a los que más nos aman.

Hablando de estas verdades que «duelen», hace ya algunas semanas platicaba con un conocido sobre lo difícil que le ha resultado haber salido de «Narnia» –como lo nombraría mi estimado Alex Toledo–, principalmente con su familia de fuertes raíces católicas y heteronormada.

Cuando tú te descubriste, yo pensé en la violencia que existe en el mundo hacia esas personas; y yo pensé en lo difícil que es para esas personas sobrevivir sin traumas.

Sabias palabras de Don Javier, hombre de campo y sin «educación», para su hijo, palabras que TODOS quisiéramos escuchar cuando el miedo nos invade por el simple hecho de amar. Palabras que mi conocido no escuchó al momento de salir del closet y que no escuchará en algún tiempo –o quizá nunca–, aún a pesar de que el representante de Cristo en el mundo respondió en alguna ocasión a Juan Carlos, un chileno que le confesó ser homosexual en una reunión privada, con las siguientes palabras:

Sabes Juan Carlos, eso no importa. Dios te hizo así. Dios te ama así. El papa te ama así y debes amarte y no preocuparte de lo que dice la gente.

Entonces… ¿Por qué cuesta tanto a los padres aceptar este «amor diferente» de sus hijos? Don Javier no pudo ejemplificarlo mejor: «A mi me dio tristeza y me dio MIEDO porque la sociedad no comprende ese tipo de cosas» y justamente es eso: MIEDO. Miedo a que lastimen la más grande y anhelada creación de un padre: su hijo.

En ese momento yo, pues te quise más porque dije: ¡yo lo defiendo! Me dio ese temor y dije el es mi hijo y nadie lo va a pisar. Inclusive yo imaginaba escenas defendiéndote.

Pero –como padres, amigos, familiares y sociedad– debemos, como Don Javier, transformar este miedo por entendimiento y empatía. Sólo con ello perderemos el miedo y no tiempo o, incluso, hasta la vida de un hijo, un familiar o un conocido por absurdos prejuicios adquiridos que se agravan con la ignorancia del tema.

A mi no me gusta darle consejos a la gente ni ser como ejemplo de otras personas porque entiendo que todos los núcleos familiares son diferentes.

A mi tampoco Don Javier, a mi tampoco me gusta dar consejos a los demás, pero sí me gusta dar palabras de ánimo. Por ello, esta primer columna del año está dedicada a todos aquellos que se han perdido de navidades, años nuevos, graduaciones, bodas, cumpleaños, días del niño, días de la madre. días del padre y hasta velorios por el simple hecho de vivir rodeados de miedo.

Por ello a ti te digo que NADIE en la vida tiene derecho a manipular, reprimir o suprimir, abierta o solapadamente, tu LIBERTAD. Y en la Iglesia debe manifestarse esta libertad en la libertad de la palabra (franqueza) y en la libertad de acción y renuncia (libertad de movimientos y liberalidad en el sentido más amplio de la palabra), pero también en las instituciones y constituciones eclesiásticas: la misma Iglesia debe ser a la par ámbito de libertad y abogada de la libertad en el mundo.

Por un 2019 lleno de LIBERTAD para TODOS y por ti que no te has dado el tiempo de entender que el universo tiene distintas formas –hasta de amar–.

BTW: Si conoces a alguien que el escuchar otras historias le ayudará a tomar una mejor decisión para salir de Narnia, es momento de compartirle el podcast de Eder Díaz. También quiero agradecer a Ernesto Guijosa, catedrático de la UACM y autor del libro: Ese mirón, también es maricón, por prestarme la foto para ilustrar esta columna.

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